LA ESCALERA

Escrito por amimepegabanenelcole 22-09-2016 en maltrato escolar. Comentarios (0)

Cuando desperté no sabía dónde estaba... Todo lo que veía era gris y me dolía la cara y una rodilla. El suelo del rellano del segundo piso estaba frío y sucio y era gris, como el de todos los colegios de la época, supongo.  

Había mucho jaleo alrededor y alguien me dió la vuelta. Estaba confusa. Parecía como si hubiera estado durmiendo un montón de horas. Conocía aquella sensación. No era nueva para mí porque ya me había desmayado más veces en diferentes situaciones y podía reconocer los síntomas.

Empezaba a recordar... era medio día... nos íbamos a comer a casa y bajábamos la escalera en tropel, como siempre... alguien me empujó por detrás y otro alguien me puso la zancadilla por delante... caí al suelo y del dolor de la caída perdí el conocimiento... No me dió tiempo ni a llorar...

La maestra intentaba llamar mi atención y hacerme reaccionar, pero yo estaba aún atontada.

No sé cuánto tiempo estuve allí tirada en el suelo. Entre que alguna compañera se dió cuenta de que no me levantaba, subió los dos pisos de escaleras hasta la clase, encontró a la maestra y ésta, que no era joven precisamente, bajó las escaleras atestadas de niños y llegó hasta donde yo estaba tirada boca abajo pudieron pasar perfectamente 5 minutos... o vete a saber...

La maestra me ayudó a sentarme en una silla y estuve allí un rato charlando con ella mientras se despejaba la escalera de niños curiosos. Yo no tenía quién me recogiera, así que no había a quién avisar tampoco. No quise que llamaran a mí madre a la oficina para no asustarla. Me encontraba bien, con fuerzas para levantarme... Apareció por allí una maestra del pasillo de parvulitos que preguntó qué había pasado y por ese mismo pasillo me llevaron a la puerta principal para que saliera a la calle.

Nadie buscó a los culpables, ni preguntó qué había ocurrido, dieron por hecho que era torpe y que me había caído sola, aunque yo sabía quiénes habían sido los del empujón y la zancadilla. 

Al final me recompuse, me puse la mochila en los hombros y me fuí andando a mi casa a comer. Pasé por la panadería de camino a casa, como cada día, y quien me esperaba para comer, una cuidadora que se ocupaba de mi hermana pequeña, ni se dió cuenta de lo tarde que había llegado. No me preguntó nada, pero yo se lo conté. "Me tiraron por la escalera y me desmayé y no me encuentro muy bien", le dije. Puso cara de circunstancia y nos dió de comer sin preguntar nada más.

Seguramente, hoy en día, me habrían llevado a urgencias para comprobar que no tenía un golpe en la cabeza. Por la tarde volví a clase como si nada, eso sí, un poco más magullada de lo normal si cabe y quizá más dolorida por dentro también. Esa noche lloré más de lo habitual. Me lo merecía y lo necesitaba. Aquella mañana había sido una de las peores en mucho tiempo.

Aquel día aprendí dos cosas: que era mejor entretenerse en el pupitre con cualquier excusa y salir la última de clase para evitar "accidentes" no deseados en la escalera y que nadie se preocupa por tí como tus padres. 

No había cumplido 9 años.