A mí me pegaban en el cole...

maltrato escolar

LA SOLEDAD

Escrito por amimepegabanenelcole 11-10-2016 en maltrato escolar. Comentarios (0)

Siempre me sentí sola.

Aunque estuviera rodeada de otros niños o aunque tuviera amigos de mi edad con los que podía jugar y hablar de muchas cosas, me sentía sola y triste. Tenía la sensación de que todo era falso. De que en cualquier momento se podía acabar. Tener o no amigos no dependía de mí.

Lloraba mucho. Todos los días. Donde no pudieran verme ni preguntarme qué me pasaba. No tenía ganas de dar explicaciones. Me pegaban, me acosaban, me insultaban y me marginaban en el cole y eso, creedme, para una niña de menos de 9 años, es un cargo difícil de llevar.

Las semanas tenían cinco días lectivos y según cómo empezara la semana, aceptada por el grupo o marginada en una esquina, así era el resto... Si la niña que dominaba el grupo estaba de buenas y le apetecía que estuviera con ellos, fantástico, esa semana iba a ser tranquila. Si la niña había tenido un mal fin de semana, el Lunes yo pagaba su frustración.

Me arrinconaban en una esquina o en cualquier pared entre los que ella mandara y me insultaban y me empujaban hasta que se cansaban. Tampoco dejaban a otras niñas jugar conmigo bajo amenaza de ser ellas las siguientes acosadas, así que nadie se me acercaba.

¿Los maestros que cuidaban el patio? No sé, paseaban por él, pero parece ser que no lo veían. Nunca les ví intervenir en nada.

Yo me quedaba también al comedor, de manera que mis jornadas de soledad y acoso eran interminables. Mi respiro era al llegar a casa y cerrar la puerta tras de mí y abrazarme a mi padre lo más fuerte que podía porque la niña que dominaba el grupo era mi vecina de puerta y estaba obligada a ir y venir con ella caminando. La tortura llegaba a puntos insospechados.

No fuí capaz de deshacerme de éste yugo hasta 8º, con casi 14 años, cuando harta de ser el cubo de la basura de la niña en cuestión, un día decidí que no íbamos a ir al cole juntas. Me preguntó por qué y le dije que no quería que me maltratara más. Se acabaron los problemas, no sin que antes nuestras madres se enteraran de lo que había ocurrido durante años y me dieran la razón. Jamás volvimos a hablarnos.

Pero hasta ese momento fuí una niña triste y solitaria que se refugiaba en los estudios, las clases de inglés y de informática y la Biblia. 

Si, la Biblia. Leía la Biblia. Iba a misa, hice la comunión y rezaba mucho. Esperaba que mi fé me hiciera fuerte para soportar aquel calvario. Esperaba que los demás niños dejasen de maltratarme porque yo no les había hecho nada. Rezaba y esperaba. Callaba y lloraba. Tenía fé y era paciente. Meditaba mucho y me imaginaba en un colegio ideal en el que podía ser yo misma estudiando sin tener vergüenza de mis buenas notas, de mis maravillosos trabajos de plástica o de lo bien que se me daba el Inglés.

Jamás se me ocurrió que podía contarlo, que debía contarlo, que aquello estaba mal y que yo no tenía la culpa. Que eran los otros niños los que merecían una reprimenda por su comportamiento.

¿Nadie se daba cuenta? No lo sé. Yo no lo recuerdo. Solo recuerdo mucha soledad y mucha tristeza. Mucho miedo, mucho dolor en el corazón y muchas angustia. 

Los Domingos por la tarde se me hacían cuesta arriba y me daban ganas de subir a la azotea y tirarme. Los pensamientos suicidas eran una constante. Siempre lo fueron. Es duro decirlo, pero es cierto. No quería vivir. No de aquella manera. No quería ser quien era. No quería ser quien me había tocado ser porque no me daba cuenta que en mi mano estaba cambiarlo, pero es que era una niña muy pequeña...

Por eso es muy importante hablar con los niños, conocerlos, saber cuáles son sus gustos, sus inquietudes, más allá del fútbol o las consolas, hay que conocer su alma, lo que les preocupa, sus pensamientos y sus sentimientos. Tenemos que darles herramientas emocionales.

Hay que enseñarles a ponerse en el lugar de los demás, a darse cuenta de cuándo pueden estar haciendo daño a alguien sin querer, a cuando es necesario pedir ayuda y que eso no es una deshonra.

Es importante mirarles a los ojos y detectar su tristeza, entender sus preocupaciones por nimias que sean o insignificantes que nos puedan parecer. Son niños pero tienen un corazón que puede decir muchas cosas. Y si no son capaces de hablar, pueden escribir en un diario o dibujar sin son pequeños. Cualquier estrategia comunicativa nos sirve.

Acompañad a vuestros hijos y alumnos cada día. Preguntadles con cariño por su día, no sólo por los deberes. Mostrad interés real por sus cosas de niños y escuchad con atención.

No permitáis se sientan solos.

LAS PATADAS

Escrito por amimepegabanenelcole 29-09-2016 en maltrato escolar. Comentarios (0)

Ivan. No se me olvidará jamás. Así se llamaba el que me pegaba las patadas. Sólo eran patadas, pero eran muchas. 

Ivan, me pegaba. Todos los días. En el cole.

Me pegaba patadas porque sí. Porque era Lunes y no me había visto desde el Viernes y me lo merecía, porque había leído bien en la hora de lectura y él no y le habían regañado, porque yo era gorda y llevaba gafas... 

Me pegaba más los Viernes porque era fin de semana y así me iba calentita a mi casa y me tenían que durar los moratones un par de días. Lo hacía con saña. Y disfrutaba. Le gustaba pegarme y así me lo hacía saber.

Yo no le tenía miedo, le tenía pánico. Me angustiaba ir al cole por las mañanas y encontrarle en la puerta de clase antes de que llegara la maestra para zurrarme antes de entrar. En los recreos mientras bajábamos las escaleras porque estaba oscuro, en el perchero mientras nos poníamos el mandilón porque no estaba la maestra, en el momento de salir a ponernos el abrigo al pasillo... cualquier ocasión sin supervisión de un adulto era bueno para pegarme un par de patadas... aunque yo me chivara no podría probar que había sido él porque nadie le había visto o era su palabra contra la mía y nadie se atrevería a acusarle porque era el matón de la clase y ya sabía lo que le esperaba al que se chivara. Era la ley del silencio.

Y yo tenía las piernas echas un cirio. Siempre llenas de heridas y moratones. Nunca quería ponerme faldas, siempre pantalones y chandal. Aquel curso fué un auténtico suplicio.

Mi mochila, el estuche, el abrigo o el paraguas también sufrían sus patadas. Solían "viajar" por el pasillo y yo detrás a buscarlos. Todos se reían. La gorda empollona y gafuda era el bufón de la clase.

¿Y nadie hacía nada? No, porque sencillamente ésto ocurría cuando no había adultos cerca u observando. Iván y los de su calaña eran muy cuidadosos. En los pasillos cuando los maestros mandan a los niños a ponerse el abrigo al salir o al entrar cuando se ponen el mandilón o mientras esperan en la fila. Todos esos momentos "a oscuras", sin maestros que vigilen o adultos que supervisen, son ocasiones perfectas para sus torturas.

Por eso yo, que ahora soy maestra, no me separo de mis alumnos jamás. Bajo a buscarles al patio y les acompaño en los pasillos y la escalera, cuido que bajen tranquilos, que no se empujen, que se respeten, les vigilo en la distancia dejándoles espacio, les observo sin interrumpir, procuro conocerles mucho y hablar con todos ellos, me involucro y les enseño primero a ser personas y después a lo demás...

Fuí una niña buena y estudiosa, acosada y maltratada en el colegio. Fui una niña insegura y triste mucho tiempo. Me culpaba a mí misma de lo que me hacían los acosadores, insultadores, maltratadores...  no sólo Ivan el de las patadas... porque hubo más...

Ivan el de las patadas bastante tenía en su casa: el último de 4 hermanos, todos con un cartel que decía "repetidor", conocidos por los maestros y ya etiquetados como problemáticos sin merecerlo quizás porque la fama del anterior hermano les precedía, con padres ausentes que les dejaban vaguear toda la tarde por la calle, de aquellas familias que ahora llamaríamos desestructuradas... Ivan el de las patadas aún vive en el barrio donde crecimos y es repartidor.

Yo en casa algo debía de contar porque me veían triste y no colaba que tantos moratones en las piernas eran de caerme en el patio, pero mi madre recuerda que nunca quise que fueran a hablar con la maestra por miedo a que me cogieran manía y que en eso era muy tajante. ¿Manía? ¿Manía a mí? Si yo era una niña encantadora. Si era a mí a quien pegaban... 

Por eso los maestros deben están en contacto directo con las familias y deben de ser los primeros en detectar cualquier comportamiento violento en el aula. Y la violencia puede ser verbal, no sólo física. Los niños son crueles hasta cierto punto por naturaleza y hay que enseñarles a ponerse en el lugar del otro desde el minuto cero. Hay que hacerles ver que no todo vale y que sus actos tienen consecuencias en los demás. 

Hay que enseñar a los niños que ciertas palabras, hieren tanto como las patadas.