A mí me pegaban en el cole...

Quiero ayudar a otros niños a no rendirse...

Acosada desde 1º hasta 8º de EGB. Ahora madre y maestra. La prevención y el respeto como fundamentos para terminar con el acoso escolar.

LAS PATADAS

Escrito por amimepegabanenelcole 29-09-2016 en maltrato escolar. Comentarios (0)

Ivan. No se me olvidará jamás. Así se llamaba el que me pegaba las patadas. Sólo eran patadas, pero eran muchas. 

Ivan, me pegaba. Todos los días. En el cole.

Me pegaba patadas porque sí. Porque era Lunes y no me había visto desde el Viernes y me lo merecía, porque había leído bien en la hora de lectura y él no y le habían regañado, porque yo era gorda y llevaba gafas... 

Me pegaba más los Viernes porque era fin de semana y así me iba calentita a mi casa y me tenían que durar los moratones un par de días. Lo hacía con saña. Y disfrutaba. Le gustaba pegarme y así me lo hacía saber.

Yo no le tenía miedo, le tenía pánico. Me angustiaba ir al cole por las mañanas y encontrarle en la puerta de clase antes de que llegara la maestra para zurrarme antes de entrar. En los recreos mientras bajábamos las escaleras porque estaba oscuro, en el perchero mientras nos poníamos el mandilón porque no estaba la maestra, en el momento de salir a ponernos el abrigo al pasillo... cualquier ocasión sin supervisión de un adulto era bueno para pegarme un par de patadas... aunque yo me chivara no podría probar que había sido él porque nadie le había visto o era su palabra contra la mía y nadie se atrevería a acusarle porque era el matón de la clase y ya sabía lo que le esperaba al que se chivara. Era la ley del silencio.

Y yo tenía las piernas echas un cirio. Siempre llenas de heridas y moratones. Nunca quería ponerme faldas, siempre pantalones y chandal. Aquel curso fué un auténtico suplicio.

Mi mochila, el estuche, el abrigo o el paraguas también sufrían sus patadas. Solían "viajar" por el pasillo y yo detrás a buscarlos. Todos se reían. La gorda empollona y gafuda era el bufón de la clase.

¿Y nadie hacía nada? No, porque sencillamente ésto ocurría cuando no había adultos cerca u observando. Iván y los de su calaña eran muy cuidadosos. En los pasillos cuando los maestros mandan a los niños a ponerse el abrigo al salir o al entrar cuando se ponen el mandilón o mientras esperan en la fila. Todos esos momentos "a oscuras", sin maestros que vigilen o adultos que supervisen, son ocasiones perfectas para sus torturas.

Por eso yo, que ahora soy maestra, no me separo de mis alumnos jamás. Bajo a buscarles al patio y les acompaño en los pasillos y la escalera, cuido que bajen tranquilos, que no se empujen, que se respeten, les vigilo en la distancia dejándoles espacio, les observo sin interrumpir, procuro conocerles mucho y hablar con todos ellos, me involucro y les enseño primero a ser personas y después a lo demás...

Fuí una niña buena y estudiosa, acosada y maltratada en el colegio. Fui una niña insegura y triste mucho tiempo. Me culpaba a mí misma de lo que me hacían los acosadores, insultadores, maltratadores...  no sólo Ivan el de las patadas... porque hubo más...

Ivan el de las patadas bastante tenía en su casa: el último de 4 hermanos, todos con un cartel que decía "repetidor", conocidos por los maestros y ya etiquetados como problemáticos sin merecerlo quizás porque la fama del anterior hermano les precedía, con padres ausentes que les dejaban vaguear toda la tarde por la calle, de aquellas familias que ahora llamaríamos desestructuradas... Ivan el de las patadas aún vive en el barrio donde crecimos y es repartidor.

Yo en casa algo debía de contar porque me veían triste y no colaba que tantos moratones en las piernas eran de caerme en el patio, pero mi madre recuerda que nunca quise que fueran a hablar con la maestra por miedo a que me cogieran manía y que en eso era muy tajante. ¿Manía? ¿Manía a mí? Si yo era una niña encantadora. Si era a mí a quien pegaban... 

Por eso los maestros deben están en contacto directo con las familias y deben de ser los primeros en detectar cualquier comportamiento violento en el aula. Y la violencia puede ser verbal, no sólo física. Los niños son crueles hasta cierto punto por naturaleza y hay que enseñarles a ponerse en el lugar del otro desde el minuto cero. Hay que hacerles ver que no todo vale y que sus actos tienen consecuencias en los demás. 

Hay que enseñar a los niños que ciertas palabras, hieren tanto como las patadas.

LA ESCALERA

Escrito por amimepegabanenelcole 22-09-2016 en maltrato escolar. Comentarios (0)

Cuando desperté no sabía dónde estaba... Todo lo que veía era gris y me dolía la cara y una rodilla. El suelo del rellano del segundo piso estaba frío y sucio y era gris, como el de todos los colegios de la época, supongo.  

Había mucho jaleo alrededor y alguien me dió la vuelta. Estaba confusa. Parecía como si hubiera estado durmiendo un montón de horas. Conocía aquella sensación. No era nueva para mí porque ya me había desmayado más veces en diferentes situaciones y podía reconocer los síntomas.

Empezaba a recordar... era medio día... nos íbamos a comer a casa y bajábamos la escalera en tropel, como siempre... alguien me empujó por detrás y otro alguien me puso la zancadilla por delante... caí al suelo y del dolor de la caída perdí el conocimiento... No me dió tiempo ni a llorar...

La maestra intentaba llamar mi atención y hacerme reaccionar, pero yo estaba aún atontada.

No sé cuánto tiempo estuve allí tirada en el suelo. Entre que alguna compañera se dió cuenta de que no me levantaba, subió los dos pisos de escaleras hasta la clase, encontró a la maestra y ésta, que no era joven precisamente, bajó las escaleras atestadas de niños y llegó hasta donde yo estaba tirada boca abajo pudieron pasar perfectamente 5 minutos... o vete a saber...

La maestra me ayudó a sentarme en una silla y estuve allí un rato charlando con ella mientras se despejaba la escalera de niños curiosos. Yo no tenía quién me recogiera, así que no había a quién avisar tampoco. No quise que llamaran a mí madre a la oficina para no asustarla. Me encontraba bien, con fuerzas para levantarme... Apareció por allí una maestra del pasillo de parvulitos que preguntó qué había pasado y por ese mismo pasillo me llevaron a la puerta principal para que saliera a la calle.

Nadie buscó a los culpables, ni preguntó qué había ocurrido, dieron por hecho que era torpe y que me había caído sola, aunque yo sabía quiénes habían sido los del empujón y la zancadilla. 

Al final me recompuse, me puse la mochila en los hombros y me fuí andando a mi casa a comer. Pasé por la panadería de camino a casa, como cada día, y quien me esperaba para comer, una cuidadora que se ocupaba de mi hermana pequeña, ni se dió cuenta de lo tarde que había llegado. No me preguntó nada, pero yo se lo conté. "Me tiraron por la escalera y me desmayé y no me encuentro muy bien", le dije. Puso cara de circunstancia y nos dió de comer sin preguntar nada más.

Seguramente, hoy en día, me habrían llevado a urgencias para comprobar que no tenía un golpe en la cabeza. Por la tarde volví a clase como si nada, eso sí, un poco más magullada de lo normal si cabe y quizá más dolorida por dentro también. Esa noche lloré más de lo habitual. Me lo merecía y lo necesitaba. Aquella mañana había sido una de las peores en mucho tiempo.

Aquel día aprendí dos cosas: que era mejor entretenerse en el pupitre con cualquier excusa y salir la última de clase para evitar "accidentes" no deseados en la escalera y que nadie se preocupa por tí como tus padres. 

No había cumplido 9 años.