A mí me pegaban en el cole...

Quiero ayudar a otros niños a no rendirse...

Acosada desde 1º hasta 8º de EGB. Ahora madre y maestra. La prevención y el respeto como fundamentos para terminar con el acoso escolar.

ACABAR CON EL ACOSO ESCOLAR. ¿POR DÓNDE EMPEZAMOS?

Escrito por amimepegabanenelcole 07-11-2016 en acoso escolar. Comentarios (0)

El acoso escolar siempre ha existido. Es algo propio e inherente a la microsociedad que crean los niños en el colegio o en cualquier otro sitio en el que pasen mucho tiempo con otros niños -equipos deportivos, de estudios, etc-. Reproducen patrones que viven en casa y a los que están expuestos cada día en la sociedad. 

Crean su propia sociedad con sus propias normas tomadas a partir de las de la sociedad adulta en la que les toca vivir. Van tomando ejemplos de aquí y de allá, escuchan nuestras conversaciones, ven nuestras reacciones ante la vida, están expuestos a la televisión -telediario, películas, dibujos,series- y, hoy en día, al mundo digital de Internet -redes sociales- y a los videojuegos. 

Los niños son como esponjas para bien y para mal y por eso, si no ponemos atención, ellos mismos no saben autorregularse y terminan por crear situaciones de acoso muy graves que se les van de las manos y de las que, después, se arrepienten. Por eso es importante que los padres sepamos qué ven nuestros hijos en la televisión, en la tablet o en el móvil. Un control parental de contenidos es fundamental.

Los niños no saben dónde parar. Desconocen los límites y somos los adultos los que debemos guiarles. Igual que cuando empiezan a caminar no les dejamos correr si van directos a caer por una escalera, es decir, nos adelantamos, prevenimos la más que segura caída, con el acoso debemos hacer lo mismo: prevenir. En la prevención está la solución.

En todas las sociedades de niños hay niños acosador y niños sometidos. A veces el líder o acosador arrastra a varios niños influenciables que le ayudan, aunque suele arreglárselas muy bien él solito, no necesita ayuda para dar rienda suelta a su crueldad. Lo que si necesita son espectadores porque le gusta ser centro de atención, estar acompañado y bien rodeado de otros que le hagan de escudo en caso de necesidad. 

Los niños que ayudan al líder suelen hacerlo porque no quieren ser el niño maltratado, es decir, por miedo. Ese es el resorte con el que juega el acosador, el miedo. Suelen ser niños con patrones muy manipuladores y difíciles de desenmascarar que han aprendido que el miedo les funciona para conseguir sus fines. El miedo de los demás a ser víctimas o de las víctimas a contarlo o su propio miedo a ser descubierto hace que cada vez las agresiones vayan subiendo de tono.

El miedo y la vergüenza hacen que tus hijos no te cuenten que les han quitado el bocadillo de media mañana o 

que les han bajado los pantalones en medio del patio y se ha reído todo el mundo de ellos.

Si en la nuestra sociedad dejásemos que los delincuentes campasen a sus anchas, las cosas no estarían nada bien... por eso tenemos unas leyes, unas normas, unos cuerpos de seguridad, jueces, etc. Pues lo mismo ocurre con los acosadores en los colegios, que campan a sus anchas porque en su microsociedad no hay unas leyes que les hagan pagar por sus fechorías o unos policías que les detengan porque nadie, ningún niño, se atreve a ser policía. A lo sumo, a quien se va de lengua le llaman chivato y esto es lo que no puede ser. Por eso yo hablo de que la solución que está en nuestra mano es la prevención.

En la prevención no hay acosadores ni acosados. Hay respeto y no hay chivatos. Hay normas que hay que cumplir para que la convivencia en la sociedad de los niños sea armónica y no haya abusos.  ¿Por dónde empezamos?

Empezamos por no consentir y normalizar como "es cosa de niños" un empujón a posta en las escaleras porque vas lento, o que te pongan un mote porque llevas gafas o estás gordo o que te insulten porque tienes una minusvalía. Si normalizamos ciertas cosas, ellos se escudan en eso, se hacen fuertes y la vida en el colegio se convierte en un calvario.

Hay que empezar por respetar a los demás, sus ritmos, sus costumbres, su forma de hablar y de expresarse, su forma de vestir... Hay que valorar lo que cada uno aporta a la clase en la que le ha tocado estar: uno será mejor en mates, otro en inglés, otro en plástica o educación física... Hay que inculcar valores a nuestros hijos y alumnos. Respeto, tranquilidad para con los demás y paciencia. Saber estar, trabajar en equipo, saber callar cuando los demás hablan o piensan la pregunta, no burlarse, saber esperar cuando el de delante baja lento la escalera...

Las cosas entre los niños llegan a unos extremos que no os podéis imaginar. Llegan a sacarse de quicio entre ellos de una manera alarmante. Imitan hasta el extremo lo que ven en la televisión -sobre todo lo violento- y no saben parar porque nadie les ha dicho dónde tienen el límite -o que lo que vieron en aquella serie, era ficción-. 

Los niños acosadores, por ejemplo, saben usar los puntos débiles de los demás para sacarles de sus casillas y luego, cuando el desquiciado se defiende, acusarle de haber comenzado la agresión. Casi siempre les creen por ese perfil manipulador del que antes hablaba y que suele ser muy habitual. Lo que viene siendo un lobo con piel de oveja.

 Los niños necesitan límites, que se les expliquen las cosas muy claras, a su nivel de entendimiento y que aprendan Inteligencia Emocional desde el minuto cero de sus vidas. Tienen que saber ponerse en el lugar del otro, ponerse en su piel para conocerle y valorarle, pero sobre todo para respetarle.


LA SOLEDAD

Escrito por amimepegabanenelcole 11-10-2016 en maltrato escolar. Comentarios (0)

Siempre me sentí sola.

Aunque estuviera rodeada de otros niños o aunque tuviera amigos de mi edad con los que podía jugar y hablar de muchas cosas, me sentía sola y triste. Tenía la sensación de que todo era falso. De que en cualquier momento se podía acabar. Tener o no amigos no dependía de mí.

Lloraba mucho. Todos los días. Donde no pudieran verme ni preguntarme qué me pasaba. No tenía ganas de dar explicaciones. Me pegaban, me acosaban, me insultaban y me marginaban en el cole y eso, creedme, para una niña de menos de 9 años, es un cargo difícil de llevar.

Las semanas tenían cinco días lectivos y según cómo empezara la semana, aceptada por el grupo o marginada en una esquina, así era el resto... Si la niña que dominaba el grupo estaba de buenas y le apetecía que estuviera con ellos, fantástico, esa semana iba a ser tranquila. Si la niña había tenido un mal fin de semana, el Lunes yo pagaba su frustración.

Me arrinconaban en una esquina o en cualquier pared entre los que ella mandara y me insultaban y me empujaban hasta que se cansaban. Tampoco dejaban a otras niñas jugar conmigo bajo amenaza de ser ellas las siguientes acosadas, así que nadie se me acercaba.

¿Los maestros que cuidaban el patio? No sé, paseaban por él, pero parece ser que no lo veían. Nunca les ví intervenir en nada.

Yo me quedaba también al comedor, de manera que mis jornadas de soledad y acoso eran interminables. Mi respiro era al llegar a casa y cerrar la puerta tras de mí y abrazarme a mi padre lo más fuerte que podía porque la niña que dominaba el grupo era mi vecina de puerta y estaba obligada a ir y venir con ella caminando. La tortura llegaba a puntos insospechados.

No fuí capaz de deshacerme de éste yugo hasta 8º, con casi 14 años, cuando harta de ser el cubo de la basura de la niña en cuestión, un día decidí que no íbamos a ir al cole juntas. Me preguntó por qué y le dije que no quería que me maltratara más. Se acabaron los problemas, no sin que antes nuestras madres se enteraran de lo que había ocurrido durante años y me dieran la razón. Jamás volvimos a hablarnos.

Pero hasta ese momento fuí una niña triste y solitaria que se refugiaba en los estudios, las clases de inglés y de informática y la Biblia. 

Si, la Biblia. Leía la Biblia. Iba a misa, hice la comunión y rezaba mucho. Esperaba que mi fé me hiciera fuerte para soportar aquel calvario. Esperaba que los demás niños dejasen de maltratarme porque yo no les había hecho nada. Rezaba y esperaba. Callaba y lloraba. Tenía fé y era paciente. Meditaba mucho y me imaginaba en un colegio ideal en el que podía ser yo misma estudiando sin tener vergüenza de mis buenas notas, de mis maravillosos trabajos de plástica o de lo bien que se me daba el Inglés.

Jamás se me ocurrió que podía contarlo, que debía contarlo, que aquello estaba mal y que yo no tenía la culpa. Que eran los otros niños los que merecían una reprimenda por su comportamiento.

¿Nadie se daba cuenta? No lo sé. Yo no lo recuerdo. Solo recuerdo mucha soledad y mucha tristeza. Mucho miedo, mucho dolor en el corazón y muchas angustia. 

Los Domingos por la tarde se me hacían cuesta arriba y me daban ganas de subir a la azotea y tirarme. Los pensamientos suicidas eran una constante. Siempre lo fueron. Es duro decirlo, pero es cierto. No quería vivir. No de aquella manera. No quería ser quien era. No quería ser quien me había tocado ser porque no me daba cuenta que en mi mano estaba cambiarlo, pero es que era una niña muy pequeña...

Por eso es muy importante hablar con los niños, conocerlos, saber cuáles son sus gustos, sus inquietudes, más allá del fútbol o las consolas, hay que conocer su alma, lo que les preocupa, sus pensamientos y sus sentimientos. Tenemos que darles herramientas emocionales.

Hay que enseñarles a ponerse en el lugar de los demás, a darse cuenta de cuándo pueden estar haciendo daño a alguien sin querer, a cuando es necesario pedir ayuda y que eso no es una deshonra.

Es importante mirarles a los ojos y detectar su tristeza, entender sus preocupaciones por nimias que sean o insignificantes que nos puedan parecer. Son niños pero tienen un corazón que puede decir muchas cosas. Y si no son capaces de hablar, pueden escribir en un diario o dibujar sin son pequeños. Cualquier estrategia comunicativa nos sirve.

Acompañad a vuestros hijos y alumnos cada día. Preguntadles con cariño por su día, no sólo por los deberes. Mostrad interés real por sus cosas de niños y escuchad con atención.

No permitáis se sientan solos.

LAS PATADAS

Escrito por amimepegabanenelcole 29-09-2016 en maltrato escolar. Comentarios (0)

Ivan. No se me olvidará jamás. Así se llamaba el que me pegaba las patadas. Sólo eran patadas, pero eran muchas. 

Ivan, me pegaba. Todos los días. En el cole.

Me pegaba patadas porque sí. Porque era Lunes y no me había visto desde el Viernes y me lo merecía, porque había leído bien en la hora de lectura y él no y le habían regañado, porque yo era gorda y llevaba gafas... 

Me pegaba más los Viernes porque era fin de semana y así me iba calentita a mi casa y me tenían que durar los moratones un par de días. Lo hacía con saña. Y disfrutaba. Le gustaba pegarme y así me lo hacía saber.

Yo no le tenía miedo, le tenía pánico. Me angustiaba ir al cole por las mañanas y encontrarle en la puerta de clase antes de que llegara la maestra para zurrarme antes de entrar. En los recreos mientras bajábamos las escaleras porque estaba oscuro, en el perchero mientras nos poníamos el mandilón porque no estaba la maestra, en el momento de salir a ponernos el abrigo al pasillo... cualquier ocasión sin supervisión de un adulto era bueno para pegarme un par de patadas... aunque yo me chivara no podría probar que había sido él porque nadie le había visto o era su palabra contra la mía y nadie se atrevería a acusarle porque era el matón de la clase y ya sabía lo que le esperaba al que se chivara. Era la ley del silencio.

Y yo tenía las piernas echas un cirio. Siempre llenas de heridas y moratones. Nunca quería ponerme faldas, siempre pantalones y chandal. Aquel curso fué un auténtico suplicio.

Mi mochila, el estuche, el abrigo o el paraguas también sufrían sus patadas. Solían "viajar" por el pasillo y yo detrás a buscarlos. Todos se reían. La gorda empollona y gafuda era el bufón de la clase.

¿Y nadie hacía nada? No, porque sencillamente ésto ocurría cuando no había adultos cerca u observando. Iván y los de su calaña eran muy cuidadosos. En los pasillos cuando los maestros mandan a los niños a ponerse el abrigo al salir o al entrar cuando se ponen el mandilón o mientras esperan en la fila. Todos esos momentos "a oscuras", sin maestros que vigilen o adultos que supervisen, son ocasiones perfectas para sus torturas.

Por eso yo, que ahora soy maestra, no me separo de mis alumnos jamás. Bajo a buscarles al patio y les acompaño en los pasillos y la escalera, cuido que bajen tranquilos, que no se empujen, que se respeten, les vigilo en la distancia dejándoles espacio, les observo sin interrumpir, procuro conocerles mucho y hablar con todos ellos, me involucro y les enseño primero a ser personas y después a lo demás...

Fuí una niña buena y estudiosa, acosada y maltratada en el colegio. Fui una niña insegura y triste mucho tiempo. Me culpaba a mí misma de lo que me hacían los acosadores, insultadores, maltratadores...  no sólo Ivan el de las patadas... porque hubo más...

Ivan el de las patadas bastante tenía en su casa: el último de 4 hermanos, todos con un cartel que decía "repetidor", conocidos por los maestros y ya etiquetados como problemáticos sin merecerlo quizás porque la fama del anterior hermano les precedía, con padres ausentes que les dejaban vaguear toda la tarde por la calle, de aquellas familias que ahora llamaríamos desestructuradas... Ivan el de las patadas aún vive en el barrio donde crecimos y es repartidor.

Yo en casa algo debía de contar porque me veían triste y no colaba que tantos moratones en las piernas eran de caerme en el patio, pero mi madre recuerda que nunca quise que fueran a hablar con la maestra por miedo a que me cogieran manía y que en eso era muy tajante. ¿Manía? ¿Manía a mí? Si yo era una niña encantadora. Si era a mí a quien pegaban... 

Por eso los maestros deben están en contacto directo con las familias y deben de ser los primeros en detectar cualquier comportamiento violento en el aula. Y la violencia puede ser verbal, no sólo física. Los niños son crueles hasta cierto punto por naturaleza y hay que enseñarles a ponerse en el lugar del otro desde el minuto cero. Hay que hacerles ver que no todo vale y que sus actos tienen consecuencias en los demás. 

Hay que enseñar a los niños que ciertas palabras, hieren tanto como las patadas.

LA ESCALERA

Escrito por amimepegabanenelcole 22-09-2016 en maltrato escolar. Comentarios (0)

Cuando desperté no sabía dónde estaba... Todo lo que veía era gris y me dolía la cara y una rodilla. El suelo del rellano del segundo piso estaba frío y sucio y era gris, como el de todos los colegios de la época, supongo.  

Había mucho jaleo alrededor y alguien me dió la vuelta. Estaba confusa. Parecía como si hubiera estado durmiendo un montón de horas. Conocía aquella sensación. No era nueva para mí porque ya me había desmayado más veces en diferentes situaciones y podía reconocer los síntomas.

Empezaba a recordar... era medio día... nos íbamos a comer a casa y bajábamos la escalera en tropel, como siempre... alguien me empujó por detrás y otro alguien me puso la zancadilla por delante... caí al suelo y del dolor de la caída perdí el conocimiento... No me dió tiempo ni a llorar...

La maestra intentaba llamar mi atención y hacerme reaccionar, pero yo estaba aún atontada.

No sé cuánto tiempo estuve allí tirada en el suelo. Entre que alguna compañera se dió cuenta de que no me levantaba, subió los dos pisos de escaleras hasta la clase, encontró a la maestra y ésta, que no era joven precisamente, bajó las escaleras atestadas de niños y llegó hasta donde yo estaba tirada boca abajo pudieron pasar perfectamente 5 minutos... o vete a saber...

La maestra me ayudó a sentarme en una silla y estuve allí un rato charlando con ella mientras se despejaba la escalera de niños curiosos. Yo no tenía quién me recogiera, así que no había a quién avisar tampoco. No quise que llamaran a mí madre a la oficina para no asustarla. Me encontraba bien, con fuerzas para levantarme... Apareció por allí una maestra del pasillo de parvulitos que preguntó qué había pasado y por ese mismo pasillo me llevaron a la puerta principal para que saliera a la calle.

Nadie buscó a los culpables, ni preguntó qué había ocurrido, dieron por hecho que era torpe y que me había caído sola, aunque yo sabía quiénes habían sido los del empujón y la zancadilla. 

Al final me recompuse, me puse la mochila en los hombros y me fuí andando a mi casa a comer. Pasé por la panadería de camino a casa, como cada día, y quien me esperaba para comer, una cuidadora que se ocupaba de mi hermana pequeña, ni se dió cuenta de lo tarde que había llegado. No me preguntó nada, pero yo se lo conté. "Me tiraron por la escalera y me desmayé y no me encuentro muy bien", le dije. Puso cara de circunstancia y nos dió de comer sin preguntar nada más.

Seguramente, hoy en día, me habrían llevado a urgencias para comprobar que no tenía un golpe en la cabeza. Por la tarde volví a clase como si nada, eso sí, un poco más magullada de lo normal si cabe y quizá más dolorida por dentro también. Esa noche lloré más de lo habitual. Me lo merecía y lo necesitaba. Aquella mañana había sido una de las peores en mucho tiempo.

Aquel día aprendí dos cosas: que era mejor entretenerse en el pupitre con cualquier excusa y salir la última de clase para evitar "accidentes" no deseados en la escalera y que nadie se preocupa por tí como tus padres. 

No había cumplido 9 años.